Aunque nada cambie, si yo cambio, todo cambia.
Somos seres sociables y estamos interactuando con otras personas todo el tiempo. Nuestra relación con ellas puede transformarse en nuestra mayor fuente de alegría y felicidad si son relaciones harmoniosas y enriquecedoras, pero pueden convertirse en nuestra mayor fuente de desgracia y sufrimiento si son negativas o no hemos tenido las estrategias y habilidades para saber encauzarlas y convertirlas en oportunidades de crecimiento y sabiduría, si no de gozo y felicidad.
Para ello, lo primero es entender que nosotros somos siempre co-responsables de todo lo que ocurre en nuestras relaciones con los otros. Independientemente que prefiramos colocarnos en el papel de víctima la realidad es neutra y tienes el poder de decidir si quieres convertir la experiencia vivida como una fuente de sufrimiento o una oportunidad para hacerte cargo de tu parte y aprender de ella, sin proyectar tus miedos, inseguridades, frustraciones o resentimientos.
Cuando las relaciones toman el curso deseado es una oportunidad para gozar de la vida intensamente y dejarnos llevar por ese sentimiento de felicidad que irradia a cuantos nos rodean. Quién no recuerda el estado de felicidad en el nacimiento de un nuevo miembro en la familia o del estado de euforia de cuando estamos enamorados. No hace falta esperar a esos momentos puntuales de inmensa felicidad si somos capaces de disfrutar de los pequeños momentos que compartimos junto a otros.
Y cuando las relaciones van por derroteros más bacheados, podemos ver en ellos la oportunidad.